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SOBRE LA POLÉMICA
Adriano Corrales Arias*
“Opinar no es delito; defendamos
el régimen de opinión”
Joaquín García Monge.
En nuestro medio es difícil sostener una verdadera discusión. Casi siempre cuando se intenta polemizar o se invita a alguien al debate, sino en la primera, de seguro en la segunda réplica, aparecen los asuntos personales y la discusión se enreda en un “dime que te diré”. Y es que nos da terror la polémica. Por otra parte, sucede que a los ticos y ticas nos cuesta “escuchar”, o “leer” las opiniones ajenas. No hemos leído la tercera frase de un artículo, ensayo u opinión de alguien, o escuchado dos o tres frases de nuestro más próximo interlocutor, cuando ya estamos juzgándolo. Somos apriorísticos y de verdad “sordos” y “analfabetos” en ese sentido. No tomamos el tiempo necesario para analizar objetivamente, con la cabeza y no con las vísceras, lo que se pretende decir desde el otro lado de la acera. El prejuicio se ha arraigado en nosotros como un arma mortal, entonces atacamos desde el mismo y no desde lo expuesto por la otredad.
Generalmente solemos caer en la trampa del discurso subjetivo (claro, la subjetividad siempre va a estar presente, somos individualidades expresándonos, pero esa subjetividad debe apoyarse en razonamientos, en exposición clara de ideas) y en la disputa personal. De allí derivamos a la “pelea” absurda donde se esgrimen elementos de nuestra mentalidad y no argumentos procedentes de la reflexión y el análisis ponderado. El oponente se convierte en el enemigo a derrotar y no en el necesario adversario que la dialéctica histórica siempre nos va a proporcionar para someter a juicio nuestro ideario y nuestra manera de ver e interpretar el mundo. Pasamos de la polémica a la descalificación.
Esa manera a la tica de acometer, más bien de personalizar, peyorativamente, la discusión, tiene raíces profundas en el ser costarricense y en el constructo de su identidad. Ya la gran escritora y polemista Yolanda Oreamuno (por algo hubo de emigrar de Costa Rica a México, donde murió abandonada) había planteado esta cuestión más agudamente. Ella apuntaba hacia una especie de inmovilidad, falta de carácter, en el tico y la tica, producto de una historia donde el espíritu de lucha, salvo heroicas excepciones, especialmente en los sectores populares donde siempre están “luchándola”, casi ha desaparecido.
Por eso quien pretenda desatar la polémica “poniendo el dedo en la llaga”, debe suprimírsele, pero no eliminándolo físicamente sino “poniéndole la paleta en su lugar”. Como dice Yolanda Oreamuno, “Al que pretende levantar demasiado la cabeza sobre el nivel general, no se le corta. ¡No!... Le bajan suavemente el suelo que pisa, y despacio, sin violencia, se le coloca a la altura conveniente” (aunque este aserto lo ha desmentido brutalmente el asesinato de Parmenio Medina). Y si no te serruchan el piso, deporte nacional por excelencia, entonces aparece en escena el choteo, esa sutil y cobarde manera de invisibilizar el conflicto y desacreditar al otro. (“El choteo es un arma blanca, ¡blanca como una camelia!, que se puede portar sin licencia y se puede esgrimir sin responsabilidad. Tiene finísimos ribetes líricos, de agudo ingenio; sirve para demostrar habilidad, para aparecer perito, para ser oportuno, filosófico y erudito”, dice la Yola).
La desacreditación es el arma preferida en tiquicia para desautorizar la opinión ajena. Si a esto se le agrega el tráfico de influencias y el pago de favores por el silencio o la complicidad, tan en boga en nuestros días, sobre todo en las esferas partidista-politiqueras, pues ya tenemos un breve diagnóstico de nuestro ambiente. Ese entorno es el que debemos estudiar, analizar y ponderar, para no caer en sus desagradables trampas, es decir en nuestra histórica manera de autoengañarnos con una cacareada tolerancia democrática.
*Escritor.
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